viernes, enero 06, 2006

EL MITO DE LA IDENTIDAD

"Se trata, ni más ni menos, del hecho de que los símbolos tienen la posibilidad de agrupar a la gente. Eso significa que en la esfera de la cultura, al contrario de lo que mucha gente cree o quiere imaginar, se ordena el mundo". Renato Ortiz.

El brasileño Renato Ortiz, doctor en sociología y antropología por la «école de Hautes études en Sciences Sociales» y docente e investigador de la Universidad de Campinas es el autor del libro Lo próximo y lo distante (Interzona), uno de los trabajos más estimulantes de las ciencias sociales latinoamericanas de los últimos años.

Ortiz sostiene que en su libro se ha propuesto revisar y deconstruir muchos de los mitos más comunes sobre Japón y los japoneses: la naturalización de su imagen de nación pragmática, ecléctica, intuitiva y silenciosa, que a menudo, sostiene Ortiz, los propios escritores japoneses alimentan. O la interpretación ingenua que cree percibir en el zen y las luchas marciales el fundamento del capitalismo japonés. O la idea de que es un pueblo "esencialmente" trabajador y sumiso.

También autor de Otro territorio, Ortiz profundiza en la descripción de un proceso que él mismo viene observando desde hace más de una década, y sobre el cual llamó la atención muy tempranamente: la creación de sentidos, objetos y prácticas que ya no son propias de uno u otro país, sino que constituyen una cultura que él denominó "internacional popular". Para decirlo con las palabras que usó Ortiz durante su conversación con Cultura: "Pókemon no es japonés. Como tampoco McDonald's es estadounidense: si bien necesariamente tiene elementos propios de la escena japonesa o norteamericana, ya son elementos de la cultura internacional popular planetaria, que tienen su origen en una región geográfica específica porque tienen que ser producidos en algún lugar, pero nada más".

La entrevista completa a Renato Ortiz, realizada por el diario argentino Clarín está disponible en
  • "Acuarelas sobre un cristal líquido"


  • —Usted desmonta muchos de los mitos habituales respecto del Japón. ¿Qué buscaba demostrar?

    —Primero, desencializar las identidades. Y es curioso que, en ese sentido, me reencontré con los mitos que ya había analizado en Brasil: los mitos de identidad nacional, que no son tan diversos de los de toda América latina. La idea de copia de la mentalidad extranjera, la oposición entre extranjero y autóctono. Sería interesante comparar estos procesos de invención de lo nacional, en Japón y América latina, porque hay asombrosas similitudes. Por ejemplo, la matrices explicativas son casi las mismas: la geografía, las etnias, las razas. También ambos ponen énfasis en pensar la cuestión nacional. La gran diferencia en el caso japonés es que integra un elemento nuevo: la oposición oriente-occidente.

    —¿Cuál sería el rasgo distintivo del Japón en tanto nación, según ese mito construido? Así como América latina debió distanciarse de (y al mismo tiempo, reflejarse en) España o Portugal, Japón ha tenido una relación de mucha ambivalencia con China...

    —La situación de Japón hasta la revolución Meiji era de una dualidad muy fuerte en relación a China. Pero la revolución produce una ruptura fuerte, porque China no se moderniza, pero Japón sí. A partir de ahí, la tensión con respecto a China es sustituida por, entre comillas, "occidente", los países industrializados. Desde ese momento, los japoneses enfatizan la idea de Japón como una especie de país mediador entre occidente y oriente, capaz de garantizar toda la tradición —lo que por supuesto no es verdad— y al mismo tiempo construir una modernidad.

    —¿Qué lugar ocupa lo espacial en su análisis? ¿Cómo se reespacializa la cultura en la modernidad-mundo, la modernidad de escala mundial?

    —En la modernidad-mundo, la cuestión de la espacialidad es clave. Porque, a través de los cambios en el concepto del espacio, es posible explicitar cambios que son mucho más amplios en las sociedades contemporáneas. La producción cultural actual ya no está más espacializada en un espacio físico determinado; por eso la noción de desterritorialización ganó mucha fuerza en los últimos años. Ahora bien: es importante insistir en que toda desterritorialización se hace en paralelo a una reterritorialización. Pero esta reterritorialización se realiza, digamos, en "una parte" de Nueva York, "una parte" de San Pablo, "una parte" de Brasil, "una parte" de Argentina. Y quiere decir que ahora tendremos que tratar la problemática cultural involucrando los niveles locales, nacionales y mundiales. Pero todos en el mismo flujo, no hay oposiciones fuertes entre lo local, lo nacional y lo global.

    —Japón entonces era una excusa, un ejemplo particular de un fenómeno que está sucediendo en todas partes.

    —«ésa es la idea del libro. Por eso es que fui, en cierta manera, a inventar un Japón. La mía es una construcción de un objeto sociológico que procura captar ciertas articulaciones de la realidad: el proceso de mundialización de la cultura. En ese sentido, Japón puede ser lo que es París para Walter Benjamin. Pero claro que no es sólo Japón. «ése es el problema. El flaneur de la modernidad mundo tiene que utilizar el avión, no puede caminar. Tiene que ir a Japón, venir a Buenos Aires, después va a San Pablo, después va a París, después va a Nueva York, después va a Londres o al D.F.

    —Entre los elementos que usted focaliza en la cultura japonesa sobresalen los conceptos de trabajo, ocio y consumo. ¿Por qué dice que es un elemento que atraviesa ocio y trabajo al mismo tiempo?

    —Hoy en día hay toda una discusión sobre la centralidad del trabajo, y yo no creo que el trabajo en la sociedad de la modernidad-mundo sea un objeto central. Tampoco el consumo. En reali dad, no creo que exista un elemento central que organice toda la existencia y a partir de cuya comprensión se pueda dar cuenta del movimiento general de la sociedad. El segundo punto es que, en el caso de Japón, el trabajo tiene un papel aglutinador fuerte en la tradición de la construcción de la modernidad. Tanto como parte del mito nacional, cuanto como agregador en el papel social. Pero esta relación armónica y protectora se rompe con el proceso de mundialización de la cultura y la globalización de la economía.

    —Cuando el consumo pasa a ser central.

    —Sí, el consumo es una fuerza muy grande de transformación del pasado, de este mundo del trabajo, y de reordenación del presente. Pero, ¿en qué sentido el consumo es distinto del ocio? El ocio se opone al trabajo. El consumo, en cambio, no es antitético al trabajo; el consumo tiene un poco de trabajo y un poco de ocio. Está ubicado en la infraestructura, para hablar en términos marxistas, y también en la superestructura. Tiene que ver con la esfera de la producción y con la esfera de lo simbólico. Ese elemento, digamos, de "civilización" es un elemento nuevo, en oposición a la modernidad del siglo XIX y parte del siglo XX. Hoy el consumo se transformó en una institución, una fuerza productiva y también una fuerza simbólica, de escala planetaria.

    —Dentro de la esfera del consumo un elemento central es el entretenimiento. Usted habla de "edutaining", y me hizo acordar al "info-tainment", es decir, a esos géneros que combinan el entretenimiento con la educación o la información.

    —Creo que, en el siglo XX, la categoría entretenimiento va tomando una dimensión que no tenía antes. Hoy, en la medida en que es una de las industrias más poderosas, el entretenimiento pasa a tener una importancia superlativa. Por importancia quiero decir que crea una escala de valores, crea jerarquías, crea poder y posiciones diferenciadas y derivadas del poder. Yo creo que no sería tan aberrante imaginar que el entretenimiento es hoy una suerte de categoría "civilizatoria"; no era así en el siglo XIX y no era así en buena parte del siglo XX.

    —Una política de administración de los cuerpos en la sociedad de masas: una biopolítica.

    —Sí, se puede pensar así. Pero también es más que esto. Por eso muchas veces yo hago una comparación con el mundo de la religión. Se trata, ni más ni menos, del hecho de que los símbolos tienen la posibilidad de agrupar a la gente. Eso significa que en la esfera de la cultura, al contrario de lo que mucha gente cree o quiere imaginar, se ordena el mundo.